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 La miseria es soportable en compañia

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Adolfo

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MensajeTema: La miseria es soportable en compañia   Vie Ene 07, 2011 8:42 pm

Una multitud rodeo a un pintoresco hombre a plena luz del sol de la tarde, su cara limpia y recién afeitada contrastaba con la ronca y potente voz que hacia sonar desde lo profundo de su garganta, el sonido era tan potente que toda la calle podría escucharlo, y la audiencia, que no era poca, se cernía sobre el para poder oír lo que tenia que decir.

-Venid, acercaos, que los invitare a todos a ver la ultima demostración de habilidad- el sujeto arrojo desde una colorida bolsa que hacia juego con el resto de sus coloridas ropas, dignas del bufón de la corte de los reyes mas ricos.

Los niños cercanos atraparon los dulces en el aire, o los recogieron del suelo, arremolinándose para poder coger la mayor cantidad que pudieran, peleándose por ellos alegremente, a la vista de sus padres

-solo por una corona, en la mansión de la colina Preminger-

Conocida era la abandonada casona de las alturas del monte en cuyas faldas se hallaba la población cercana, no se la podía llamar mansión y que era demasiado pequeña, pero tampoco era una simple cabaña, y se alzaba en sus dos pisos de piedra y ladrillo, vigilando atentamente la pequeña ciudad que rodeaba las faldas del monte.

No era una ciudad grande, aunque, tampoco pequeña, en vías de crecimiento y pleno desarrollo se le podría llamar, el puerto que albergaba la ciudad era la principal fuente de empleo, seguida de cerca por el pastoreo en la parte interior del bosque y la llanura contiguos a población.

Desde las sombras de la casa se mostraba un hombre impaciente, aunque confiaba en que su sirviente obtendría los resultados apropiados, acomodo los últimos trucos que preparaba para esa noche, le había tomado varias semanas de trabajo acondicionar ese salón para poder llevar su acto a resguardo de las santas luces solares, su expresión expectante y la ropa que cubría su cuerpo eran fácil hacer que le reconocieran… un ultimo detalle era que usaba una dentadura postiza hecha por el mismo a la hora de su acto, con tal de no levantar sospechas de la muchedumbre.

Paso revista de lo que había hecho, cuerdas, botones ocultos, movimientos e iluminación todos parte de su acto, ahora solo faltaba esperar a la audiencia…
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Lieselotte von Veltheim

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MensajeTema: Re: La miseria es soportable en compañia   Vie Ene 21, 2011 11:35 pm

Ya faltaba poco para su inhóspito mundo de sombras. La temperatura descendía dulcemente con la llegada de la noche, y aunque el cielo y el sol se volvieran rojos, los destartalados muebles de aquel sótano tan sólo adquirieron esa opacidad gris que deja la luz cuando se marcha. Desde un rincón negro, Lieselotte observaba, hecha un ovillo, cómo las rendijas de los pequeños postigos iban agotando su fuente, y sin temer una claridad tan mortecina y polvorienta, extendió una mano despacio hacia el rayo crepuscular. La cercanía de este le transmitía un calor similar al del fuego, pero lejos de resultar tan agresivo sintió cómo la acariciaba, como una brisa de verano hasta que hundió los pálidos y huesudos dedos en este. A pesar de la debilidad del sol, la sensación fue idéntica a la de hundir la mano en las brasas de una fogata, y con un gemido de dolor y un siseo se apartó de inmediato.

Ya había perdido la cuenta de las veces que había tratado de hacerlo, durante seis años confinada en la oscuridad de una noche que parecía no tener fin, y de hecho, jamás lo tendría. Trataba de consolarse pensando que se había resignado, pero en el fondo de sí misma sabía que aquello no era cierto, y gestos como ese no hacían más que demostrárselo una y mil veces. Lo echaba tanto de menos... Salir una mañana de primavera a recoger agua del pozo, alzar la vista y dejar que la luz del sol le lamiese las mejillas y los ojos cerrados. Había pasado a ser un sueño inalcanzable, una utopía que la atormentaría hasta que la inevitable demencia la empujara al abismo del suicidio. No lograría alejar esos pensamientos de ella, de eso estaba segura, así pues se entregaba a su desdicha como quien cede a una pasión o a un vicio que se encuentra muy por encima de su control.

La luz ya casi se había desvanecido por completo. Con cuidado de no pisarse las faldas se levantó del suelo, sacudiendo estas un poco para librarlas del polvo, y se acercó a los postigos del ventanuco del sótano para abrirlos. Tocar la madera apolillada de este le hizo atisbar la casi imperceptible tibieza que guardaba al haber estado expuesta al sol, y sintió un pequeño escalofrío conforme las portezuelas se abrían con un chirrido. La lucz lechosa de la luna bañó el cubículo con poca intensidad, por poder entreverse una parte de cielo anaranjado al oeste. Era lo más cercano al día de lo que la joven podía disfrutar, pero el sol ya había ido muy lejos en su recorrido. Tras haberse cerciorado que no corría peligro en el exterior se acercó a la puerta que daba a las escaleras que subían a la planta baja, encontrándose al subierlas, no obstante, con alguien que las bajaba.

La sorpresa fue de ambas, y Lieselotte se tapó la boca para ahogar un jadeo del susto. Su intención era claramente salir corriendo hasta que, como una tenue música que embelesa los oídos, el aroma inconfundible de la sangre, corriendo en el impulso del acelerado corazón del muchacho que había caído en la desgracia de haberse encontrado con ella, absorbió casi por completo su razón. Las piernas por un instante le fallaron, dándole el tiempo justo de reaccionar. El pecho agitado del infeliz se infló en busca del grito que la neófita debía, por todos los medios, evitar. Recuperando de súbito la fuerza se lanzó hacia él y le tapó la boca, aferrándose con la otra mano a su nuca. Y como llevada por lo salvaje del instinto, reservándose el horror de sí misma para más tarde, cedió a la Bestia.
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Adolfo

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MensajeTema: Re: La miseria es soportable en compañia   Miér Ene 26, 2011 7:50 am

Al girar la cabeza note que el reloj avanzaba cruelmente hacia la hora en que el show tendría que comenzar, al menos de momento no tenia ninguna preocupación, casi todo estaba preparado, solo faltaba el elemento mas importante, el publico.

En esos momentos antes de presentarme nuevamente extrañaba los grandes escenarios con los que mis espectáculos habían empezado mi carrera sobre las tablas, pero dudaba que el dueño de ningún teatro importante me dejara entrar en su acto sin antes tratar de borrar de este mundo mi existencia como ente físico, aunque bueno, la muerte ya no era un enemigo que me perturbara tanto como hace unas décadas….

El salón que habíamos acondicionado como escenario era pequeño, como casi siempre lo era a la hora de conseguirme un lugar donde ubicarme en algún pueblo, y esperaba que Carlos me consiguiera un sitio mejor que ese para la próxima vez en que decidiéramos movernos hasta otra ciudad. El escenario estaba puesto en lo que en sus mejores momentos debió ser un salón de baile, y en el mes que llevaba de haber llegado hasta ahí habíamos construido junto con Manuel, un vagabundo que a cambio de comida, refugio y un pago, me había estado sirviendo como sirviente y que de momento, lo hacia mantener su lealtad mezclando cada vez que podía una pequeña cantidad de mi sangre en cualquier bebida o comida que yo le daba, así aunque hubiera descubierto mi secreto no iba a ser un verdadero problema para mi.

Mire los asientos que empezaban a llenarse, asomando la cabeza desde el escenario, mi publico era el usual, campesinos, labradores, pescadores entre ellos muchos niños habían llegado a observar el espectáculo, y tenia plena confianza en que ninguno de los empleados que Manuel se había encargado de contratar cometería el error de acercarse a mi, parecía infundirles miedo, no solo por el hecho de que mi confiable vagabundo les decía que era una persona huraña y debían evitarme, sino por una repugnancia inherente a mi estirpe que irradiaba incesante e involuntariamente hacia los humanos.

Di un suspiro en protesta por mi soledad auto-impuesta, y me sumergí en el escrutinio de los últimos detalles de esa noche.

Finalmente, empezó…

-Damas y caballeros- empezó hablando un hombre vestido de blanco completamente, aunque el tiempo se había encargado de tornar levemente amarillentas sus ropas- niños y niñas, sin mas preámbulo que este, les presento a ¡Adolfo, El mago¡- prosiguió, antes de retirarse, junto con una andanada de aplausos.

Subí al escenario desde una escalera, y tras saludar a mi publico y dar una rápida revisión con la vista, levante ambas manos, activando uno de los primeros trucos que tenia “bajo la manga” y desde dentro de esta, surgieron pequeñas cortinas de humo, un fino polvo dentro de bolsas, que con un mecanismo similar a una ratonera podían accionarse, con un movimiento de los dedos y reventar con fuerza suficiente los sacos de finísima tela, era el truco.

Teniendo ya su atención… busque en el publico algún voluntario, un valiente joven se ofreció, y lo subí al escenario, tras indicarle la ubicación de la escalinata, y tranquilamente le pedí que sujetara lo mas alto que pudiera dos velas encendidas, extraje un látigo común, corriente y silvestre, y con dos rápidos movimientos de este apague las velas, sin perturbar la posición del asustado adolescente, el cual apenas pudiendo contener su mascarada de “tipo duro” antes de que se retirara del escenario.

El espectáculo había empezado.
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La miseria es soportable en compañia
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