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 Dos almas [rol de 1 persona]

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Meidaka

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MensajeTema: Dos almas [rol de 1 persona]   Dom Ago 08, 2010 12:58 am

En realidad nunca había planeado aquella pequeña parada, pero en realidad… por algún lugar debía empezar. ¿Qué lugar mejor que el nido de lores oscuros para buscar…? Esperaba obtener alguna pista sobre alguna baratija mágica para empezar con su “gran búsqueda”, como el gustaba llamar ella a su viaje. El aro que colgaba de su cuello se tambaleaba al trote de la yegua de Meidaka y, poco a poco, se empezó a ver que no era algo corriente. Era el colgante de su madre. Gracias a él veía las murallas que tenía ante sus ojos, lo cual era ventajoso… ya que, según se decía, si no se portaba aquel medallón, aquella ciudad no sería visible. No estaba muy segura de si creer aquello, pero se limitó a encogerse de hombros y avanzar hacia la puerta que dividía la muralla. Estaba bastante cansada, y se podría decir lo mismo de la yegua, la cual llevaba todo el día, sin casi descanso, llevando a su dueña a su destino. Hacía un buen rato que las patas del corcel se habían impregnado de las cenizas presentes por el camino, lo cual hizo saber a Meidaka que estaban cerca.

Poco antes de llegar a las puertas, la joven observó con atención la máscara de piedra, la réplica de la de Bairack, y sonrió. Hasta hizo avanzar al corcel más despacio para poder admirarla con más detenimiento. No era que creyera con fervor en el dios, pero sí que admitía su existencia y, de vez en cuando, entonaba una oración al Padre. No solía hacer nada más lejano a aquello, ya que no lo creía necesario. Los ojos de la máscara parecían mirar en todas direcciones y a la vez a ninguna, lo cual hizo erizar los pelos de la nuca de Meidaka. Al final, la chica acabó por sacudir la cabeza y hacer avanzar con paso decidido a su yegua hacia la puerta, custodiada por dos hombres con atuendos rojos como el fuego. La chica reprimió una sonrisa y pasó a su lado, ignorando las miradas que se dirigían a su pelo y a su medallón en forma de aro, y de adentró en la ciudad.

Meidaka no se solía inclinar por las peregrinaciones, pero por aquella ocasión había decidido entrar en aquel lugar, aunque, de alguna manera, parecía que ya había estado allí muchas veces. Aunque no era cierto. La chica pronto decidió bajar de su montura y echó a andar con calma por la ciudad. El sol de la tarde calentaba con fiereza inusual, y la gente se pegaba todo lo que podía a la sombra que proyectaban los edificios. A pesar de la estrechura de las calles, había líneas de luz que se filtraban entre edificio y edificio, lo cual hacía que todo el mundo circulase por los lados. La negrura de los edificios hacía que recogieran más calor todavía, y que el aire se volviera más pesado de lo que ya era. De todos modos, aquello no le importaba lo más mínimo a la chica, ya que aquel calor tan sofocante le recordaba a las vibrantes llamas de una hoguera.

Pronto dejó de soñar, y decidió que se iba a quedar por aquella ciudad un tiempo más grande que el que había pasado en otras ciudades o pueblos. Además, de aquella manera podría reponer sus víveres y descansar un poco en una ciudad hecha a su medida y a la de todos los de su raza. Se detuvo un instante y se puso a observar a todos los que pasaban por la calle, los cuales parecían tener bastante prisa. Estuvo a punto de preguntar por una posada decente, pero se mordió la lengua. Decidió que prefería buscar por su cuenta.

Misteriosamente, a la primera acertó, y Meidaka bendijo su buena suerte. Se trataba de una posada con un letrero un poco deprimente, pero el interior estaba mucho mejor. En el letrero rezaba el nombre del lugar; “Las dos torres”, y parecía evidente el por qué del nombre. El edificio tenía una planta baja, y la siguiente parecía que se alzaban dos torres, ya que había un espacio entre medias que hacía que los laterales parecieran torres. Ya en el interior, no había demasiada gente, ya que aún era demasiado pronto como para alborotarse y beber alcohol. Antes de ello, la chica llevó a su yegua al establo que la posada tenía, y cuando entró se dirigió al posadero.

-Disculpe… Deseaba alojamiento en este lugar durante…-la chica se quedó un momento pensativa, ya que no había planeado el tiempo que iba a pasar allí-… digamos, tres días. Aunque es bastante posible que se pueda alargar mi estancia. He dejado a mi yegua en el establo…-añadió.

El hombre miró de arriba a abajo a la joven, y después gritó un nombre. Al poco rato un chico que aparentaba unos catorce años apareció y se quedó mirando a la chica con algo de sorpresa, como si no esperaran a nadie, a pesar de ser una posada.

-Esta señorita ha traído una yegua y requiere de tu atención…-el mozo asintió y salió corriendo por donde había venido. Meidaka sonrió, divertida por la escena-Veamos… el alojamiento te va a costar veinte lunares por noche. Si quieres, por diez más te hacemos la comida. Ah, el cuidado de la yegua te costará cinco más. Treinta y cinco en total. Y eso por día.-resumió el tabernero, con media sonrisa adornando sus labios.

Meidaka respiró hondo y cuando lo hizo, aspiró el penetrante olor a sudor, carne y alcohol que desprendía aquel hombre, que parecía rozar los cincuenta años. Cuando la chica miró a su interlocutor a la cara, se dio cuenta de que éste llevaba varias cicatrices por su cuerpo. La más llamativa, sin duda, era la que cruzaba discretamente su frente y parte del ojo izquierdo. Meidaka también se dio cuenta de que el hombre tenía un ojo de cada color. Uno negro y el otro azul claro. La chica hizo una mueca de sorpresa.

-¡No te quedes callada, niña!-vociferó el hombre con un tono amistoso y una sonrisa en sus apretados labios.-¿Por qué todos se quedan callados cuando digo lo que me tienen que pagar?-preguntó, y después soltó una carcajada.

-Quizás sea porque tus precios dan asco… ¡Este vino es horrible, Cedric!-berreó un hombre que estaba bebiendo en una esquina del local.

-¡Cierra la boca, Amrel, y controla un poco tus modales! ¿No ves a la señorita que está justo en frente?-se volvió hacia Meidaka-Que sean treinta monedas, ¡qué diablos! Mujeres como ésta no se ven todos los días. No te preocupes. Amrel es inofensivo, y, por supuesto, yo tambi-

-No estés tan seguro…- cortó Amrel.

-¡¡Que cierres la boca!! Ven, te enseñaré la habitación. Desde luego, por treinta lunares no podrás encontrar nada más cómodo…-agasajó Cedric a la joven.

-Vaya pareja…-Meidaka soltó una risita-En fin, te daré esos treinta lunares, ya que veo que la presencia de Amrel puede haceros perder algo de dinero al dejarme el alojamiento gratis.-volvió a reír-En fin, veamos qué puedes ofrecer a esta viajera…
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Meidaka

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MensajeTema: Re: Dos almas [rol de 1 persona]   Dom Ago 08, 2010 2:53 pm

Poco antes de abandonar la estancia, Meidaka se dio cuenta de que en la otra esquina había otras escaleras, que supuso que darían con el otro lado de las habitaciones. O quizás con unos almacenes o cualquier otra cosa que pudiera tener una posada. La chica no se detuvo demasiado a pensarlo, y siguió al hombre escaleras arriba. Por la situación de las escaleras, supuso que estarían ascendiendo por la torre de la derecha, aunque era un detalle sin importancia. El hombre parecía que subía las escaleras con una nota de cansancio en sus pasos, aunque era bastante ágil.

Tras las escaleras, llegaron a un pequeño rellano, y más allá, un estrecho pasillo dejaba entrever las puertas de las habitaciones. No eran demasiadas. Cuatro o cinco, como mucho. Meidaka pensó de nuevo en su suerte, que parecía estar de su lado en aquel momento. O quizás los ojos de Bairack, al pasar bajo su máscara habían aprobado la presencia de la joven en la ciudad. En cualquier caso, las circunstancias, de momento, eran bastante favorables.

-Bien, veamos… Ésta es…-se paró el hombre frente a una puerta como las demás-Espero que te diviertas en esta ciudad, chiquilla… Pero no te aconsejo demasiado salir de noche. Hay demasiado canalla suelto. Además, esto se anima a esas horas y no hay necesidad de salir.-recomendó a Meidaka-Por cierto, esa guadaña es muy llamativa, aunque no ahuyentará a todos los rufianes. Siempre habrá alguno que crea que tiene una oportunidad. De todos modos si tienes esa preciosidad junto a ti será por alguna razón. No sólo para adornar, me refiero. ¿Me equivoco?-comentó el hombre con un evidente interés por el arma de Meidaka.

-Ciertamente, es bastante llamativa, pero, desde luego que es una posesión importante y no me desharé fácilmente de ella.-sacó el arma de su funda y la empuñó con una ligera sonrisa en los labios-Y sí, sé manejar esta monada bastante bien. No todo lo bien que quisiera, pero por algo se empieza, y creo que…-se calló de repente-Bueno, creo que he hablado suficiente.-soltó una pequeña risita, sin perder la sonrisa, mostrando en todo momento sus dientes-Supongo que daré un paseo antes de la cena. Y después ya veré si me quedo por aquí o sigo fisgoneando.-empezó a divagar.

-Jua, jua, jua. Yo de ti evitaría a toda costa contar lo que vas a hacer, ya que alguien podría aprovecharlo para hacer cosas que no debiera. Yo soy una persona confiable, pero deberías ser un poco menos ingenua, chiquilla.-le advirtió Cedric-Bueno, creo que no sé tu nombre. De todos modos, tampoco nos hemos presentado formalmente. Me llamo Cedric, para serviros, Milady…-el hombre hizo una pronunciada reverencia, y meidaka estalló en carcajadas.

-Mi nombre es Meidaka. Un placer conoceros, Cedric. Lo de la reverencia creo que estaba de más…-se presentó con una sonrisa en los labios.

-Bueno, pues aquí tientes tu habitación. Espero que te guste, Meidaka.-dijo Cedric mientras abría la puerta.

Meidaka tendió los treinta lunares a Cedric, y éste se despidió con un gesto de la mano y desapareció escaleras abajo. La chica le imitó y después se giró hacia la habitación. La verdad era que el tipo no exageraba: un jergón en buenas condiciones, aunque no muy espaciosa, tenía una jofaina con agua a un lado, y parecía estar libre de ratones al menos. La chica asintió, complacida, y dejó su bolsa encima del jergón, y empezó a rebuscar y a dejar a un lado las pertenencias que no le iban a ser de utilidad en su estancia. Estuvo tentada de dejar la guadaña, pero si tanto canalla había suelto, según Cedric, lo mejor era llevarla consigo. El cuchillo de caza también en caso de que las cosas se pusieran feas. Con todo listo, salió de la estancia y se dirigió escaleras abajo, y salió de la taberna, no sin saludar antes a Amrel, que seguía en la esquina cortando a Cedric en sus frases, y al mismo Cedric, que se detuvo en medio de su conversación con otro hombre que había entrado para despedir a Meidaka.

Una vez fuera, se sintió con libertad para empezar a dar vueltas sin rumbo por la ciudad. Los edificios de color oscuro sólo deprimían a Meidaka, la cual se sobresaltaba cada vez que veía a un miembro de la guardia pasar, con la capa roja ondeando al escaso viento que ofrecía la tarde. En cierta ocasión, la chica se quedó mirando descaradamente a uno de ellos, observando cada detalle de las prendas hasta que el guardia se alejó lo suficiente como para que ella pudiera dejar de percibir más detalles. Con todo, estaba siendo una tarde bastante aburrida. Deambular sin rumbo ni sentido no era para nada divertido, y no estaba haciendo nada de provecho, así que, con renovada emoción, decidió dirigirse a la famosa catedral erguida en honor a Bairack.

No tuvo demasiados problemas en dirigirse al lugar, ya que parecía que todas las calles señalaban el lugar. Además, de vez en cuando, se vislumbraba una parte de dicha catedral. Echó a andar con fuerzas renovadas, y pronto se encontró prácticamente en las puertas del lugar. Precisamente las puertas no estaban demasiado concurridas, lo cual hizo preguntarse a Meidaka si realmente aquella era la catedral o una réplica. Un rápido vistazo al edificio bastó para despejar sus dudas. Como estaba al lado de la entrada, Meidaka tuvo que dar varios pasos hacia atrás para poder vislumbrar la parte más alta de aquella construcción, y aunque acabó chocando al poco con la pared de un edificio, no logró terminar de ver el campanario, aunque éste realmente estaba situado al lado opuesto de donde se encontraba.

Meidaka empezó a dudar de si entrar o no. Las últimas luces de la tarde estaban haciendo ato de presencia, y la advertencia del tabernero estaba presente en la mente de la chica, quien quería ahorrarse todos los problemas posibles. Sacudió la cabeza. Era absurdo que quisiera hacer cosas maravillosas y grandiosas y tuviera miedo de andar por la noche en una ciudad como aquella. La ciudad de los Lores oscuros. Con decisión, se acercó a la puerta y entró.
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