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 Morirás dos veces [Privada]

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Eric

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MensajeTema: Morirás dos veces [Privada]   Mar Oct 12, 2010 3:33 pm

Finalmente, tras años desde la última vez, el príncipe renegado volvió a Vo Mimbre. Regresó sobre unos pasos manchados de sangre al lugar que lo vio nacer y morir, y que a su vez, contempló cómo daba y arrebataba la vida a otros tantos. El por qué de esta decisión no recaía, en modo alguno, en la nostalgia. Tampoco en ningún vínculo: Tanto menos. Volvía para reclamar, por un tiempo, un derecho que le pertenecía por línea sucesoria; no como Henry Jacob II sino VI, pues casi doscientos años habían pasado desde su marcha. Desde que derramó la sangre de su padre y hermanos, dejando un trono vacío y un vacío aún mayor en su alma que no sintió, y que un tiempo después se extendió hasta infectar el resto de esta pobre humanidad haciéndola desaparecer.

La excentricidad de muchos aristócratas hizo pasar por alto sus extrañas costumbres, y sobre todo, su poco habitual horario de sueño. La vida nocturna en la corte estaba, asimismo, arraigada, y las sospechosas desapariciones de ciertas doncellas no llamaron más la atención que la muerte de los perros de caza del monarca. Era el modo de vida perfecto para la hedonista criatura, quien tardó poco en acostumbrarse a la vuelta a palacio después de tanto tiempo errante. Sabía que no le sería ningún esfuerzo regresar a las cacerías a caballo, aunque fuese al anochecer, y volver a beber en copas de plata a pesar de que el gesto no fuese más que mero teatro. La mentira y el encanto siempre formaron parte de sí mismo, y la convivencia entre clases privilegiadas era el escenario idóneo para su representación.

Por supuesto su aspecto no había variado un ápice; el cabello rubio, cayéndole un tanto por los hombros, los ojos azules y arcanos, y esa impresión característica de nobleza en su proceder que no pasaba desapercibida en los barrios bajos por los que en ocasiones se movía a medianoche. No fue difícil hacer ver a la corte de qué linaje provenía, y su cultura y protocolo lo avalaban ante ellos, aunque él no le diera a esto la más mínima importancia. Todo lo que no le reportara un placer – tanto inmediato o a largo plazo – le traía sin cuidado; no era más que una pieza más de la máscara aristocrática.

Recorría, ya frisando el amanecer, los pasillos de piedra del alcázar rememorando años pasados. Todo seguía aún nítido en su memoria, aunque fuera hacía ya siglos, y por supuesto aquella época reciente en la que dio a las Tinieblas a aquella dulce joven, cuya virtud sacrificó la repugnancia que le causaba la transformación por el amor que le profesaba al condenado. No había vuelto por ella pero aún permanecía en los límites de la ciudad, y la pureza de su espíritu atraía la miserable ponzoña del corazón de Eric como las llamas de los candiles a los insectos estivales. El desprecio de la doncella hacia lo que él le había dado trastornó demasiado su exacerbado orgullo, pero con este calmado, el súbito recuerdo de Lieselotte y la curiosidad que su nuevo estado le inspiraba hizo que deseara volver a encontrarse con ella.

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Eric

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MensajeTema: Re: Morirás dos veces [Privada]   Jue Oct 14, 2010 8:34 pm

Llevaba ya algunas semanas en aquel alcázar arendiano, asentando su derecho nobiliario entre los cortesanos y el mismo monarca - quien, por otro lado, era descendiente del que en algún momento fuera su tío. Era un hecho de conocimiento popular, o al menos así lo era poco después de que Eric se marchara, que este rey Ludovico, que fue engendrado del adulterio entre la reina y un vasallo, por mucho que se tratara de ocultar el desastre del pequeño bastardo. Tal vez si el pueblo lo supiera se pudiera desembocar en una guerra civil, siendo conscientes de que, en su momento, incluso hubo parientes cercanos más apropiados para el trono que un hijo ilegítimo. Pero eso ya es otra historia.

Cada noche elegía a una mujer. Una sola mujer; con eso se bastaba. La engañaba con promesas carnales hasta que la llevaba a su alcoba, donde tomaba su sangre en un asesinato tan sutil que la inocente no lo tomaba como tal, sino como una muestra un tanto brutal de lujuria. No todas las noches eran igual a la vista de los invitados, por otra parte: El rey Guillermo - descendiente del anteriormente mencionado Ludovico - contaba con los mejores juglares y músicos de toda la región, y sus entretenimientos hacían las delicias de los ociosos espectadores. El príncipe Oscuro aprendió de nuevo a tocar la viola ante el asombro de los cortesanos por su rapidez, y extrañamente, era la única actividad más allá de la sangre, el esgrima y las mujeres hermosas que disfrutaba plenamente. Las lunas le traían siempre algún divertimento entre los muros del castillo, pero por supuesto, también sucedían cosas afuera.

Las calles de Vo Mimbre estaban relativamente vigiladas, pero no lo suficiente como para que un Hijo de la Noche fuera capturado. Y callejeando por el casco de la ciudad, envuelto en una capa tan negra como su alma, un tímido aroma llegó hasta a él. Débil, como un susurro al viento, pero acompañado de esa fugaz y vertiginosa sensación de tener a un chiquillo cerca. No: La dulce Lotte no se había marchado del lugar que la vio nacer y morir. Eric podía sentirla como un déjà vu de tiempo atrás, y sus recuerdos iban dibujándose en su mente del mismo modo que un artista hace un boceto a carboncillo del sueño de la noche pasada.

Seis años atrás, en una noche como en la de su regreso, el vástago se aventuró a salir más temprano: El sol frisaba el horizonte cuando espoleaba a Magnus colina abajo, en dirección al centro de la ciudad. Como en otras tantas ocasiones, en busca de la crápula siniestra propia de su condición, frecuentó burdeles y tabernas, en las cuales pagaba sus cenas mortales con un par de coronas sin que nadie echara nada en falta. Sin embargo algo fue distinto aquella vez. Inusualmente, encontró a una jovencita cargada de leña de camino a su casa, posiblemente proveniente del establo cercano para renovar el fuego de la chimenea. Algo le llamó de inmediato la atención en la chiquilla, que apenas contaría con veinte años; y en efecto su intuición era corroborada con la posterior aparición de la que parecía su hermana, quien de ningún modo podía compararse a la primera no ya en físico, sino en dulzura y candidez.

En aquel entonces, que iba recordando en el trayecto a la llamada de su instinto como Sire, Eric las contemplaba entre las sombras, cobrando un repentino interés por la delicadeza y la languidez de la muchacha en contraposición a la dureza de su posible pariente. Podía escuchar desde fuera una risa ligera una vez entraron, que fue severamente acallada por una más madura aunque igualmente femenina. El vástago se marchó del lugar esa noche con la promesa de un retorno cercano que cumplió con creces, pero seis años después, vagaba de nuevo por las mismas callejas. Había percibido la presencia de la que hizo su hija, e iba en su busca.
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MensajeTema: Re: Morirás dos veces [Privada]   Lun Oct 18, 2010 12:58 am

La casa seguía igual que seis años atrás, tal vez con una tenue aura de decadencia en la negrura de unos muros y un tejado que nadie se había molestado en limpiar. No percibía vida allí dentro, y sin embargo sí percibía la muerte: Lieselotte. Empujó la puerta con los nudillos, que se abrió con un chirrido, y caminó al interior de la desolada y oscura vivienda. A pesar de la enfermedad que padecía su madre, en esos días en los que Eric visitaba a la joven, el hogar desprendía una agradable calidez que ya lo había abandonado por completo con el abandono de la vida familiar. Y después del sonido de la desvencijada puerta no se oyó nada más: El vástago se deslizaba entre las sombras, tan mudo como ellas. Su chiquilla estaba cerca, podía percibirla en el altillo al que se acercaba, y al fin la vio.

Suya era la luz que se atisbaba desde fuera, pues estaba sentada al deteriorado escritorio de la alcoba con un candil cerca de ser consumido. Su palidez era incluso más acusada de lo que su condición le exigía: Se había percatado sobradamente de la llegada de su Sire incluso antes de que entrase en la vivienda. Sin embargo no lo miraba, pues su vista se hallaba fija en el pequeño bastidor que tenía sobre la mesa hacía unos minutos. Eric se acercó sin brusquedad, haciendo entonces resonar sus pasos en el entablado del suelo; ¡Cuánto temor reflejaban entonces los ojos oscuros de Lieselotte! Parecía un cervatillo que se veía acorralado por un lobo, y sabe que es inútil la huida. Pretendía que su expresión no exteriorizase nada, pero eran esos inusualmente cálidos ojos los que delataban su humanidad.

- Lieselotte - dijo muy suavemente Eric, colocándose a su espalda.

Notó un ligero respingo por parte de la joven al pronunciar su nombre, y cómo la sangre moribunda que recorría sus venas aumentaba frenéticamente su ritmo; pobre niña. Aún era humana. Con suma delicadeza para no favorecer un posible rechazo, apartó con ambas manos los mechones de cabello que caían por delante de sus hombros, dejando estos al desnudo que el hermoso vestido le proporcionaba. A pesar de todo, la linda Lotte no le inspiraba ninguna lástima. Le tenía el mismo cariño que a un gatito callejero, o que a una joya hermosa, pero no desde luego le daba la más mínima importancia al vínculo que les unía ni a ella como persona: Todo lo contrario que ella, quien después de todos los males que este le había causado, no podía evitar compadecerse de la condición que poseía, al igual que ella, y aún así amarlo.

- ¿Por qué vienes? - preguntó, con el dolor impreso en cada una de las palabras.
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MensajeTema: Re: Morirás dos veces [Privada]   Miér Oct 20, 2010 6:45 pm

Su voz, si ya era dulce cuando mortal, en la inmortalidad el Don Oscuro la había impregnado de una melodiosa impronta, propia de los Hijos de la Noche. Todo en ella era una hermosa decadencia; era la Vida vestida de la Muerte, pagando el precio del amor que una vez sintió, y la noche del reencuentro volvía a sangrar. Renacía la flor roja de su condena, y ¡Ya se fuera con el diablo! En el fondo de su alma buena no se lamentaba por ello. Desdichada criatura, que amaba a su asesino después de todo; ¿Qué había hecho para merecer aquello? En todo el tiempo transcurrido sólo pudo encontrar consuelo en la lectura y la escritura, aparte del bordado: Con este pretendía ocultar los papeles de la mesa, a pesar de que el bello vástago no los pasara por alto. Este. no obstante, prefirió obrar con prudencia y, sobre todo, con la elocuencia que le caracterizaba.

- Conocéis mi desmesurado orgullo, milady - contestó pasando el dorso de los dedos por la piel yacente entre su cuello y su hombro. Sabía cuánto solía disfrutar de aquello -. Mi ira hubiera acabado con vos.

Lieselotte tomó su mano para apartarla, sintiendo un desagradable escalofrío al darse cuenta de que ya no la notaba tan fría como antes. Seis años no habían sido suficiente para aceptar que ella misma se había convertido en aquello que tanto temía, y posiblemente, la inmortalidad tampoco fuera bastante. Sin previo aviso, la iniciada se levantó. Se libró de la caricia del hedonista vástago, y haciendo un colosal acopio de fuerzas, salió de la alcoba sin mediar palabra. Eric suponía una vocación ineludible: Ejercía una persuasión tal en ella que se aborrecía por su debilidad, pero al mismo tiempo se compadecía por tan terrible problema. El Hijo de la Noche no hizo nada por detenerla: No era el momento. En lugar de eso hizo a un lado el bastidor bordado que había sobre la mesa, tomando así unos papeles escritos en los que invariablemente, la joven se lamentaba por la pérdida de su alma.

”En los claustros de l’alma la herida
yace callada; mas consume, hambrienta,
la vida, que en mis venas alimenta
llama por las médulas extendida.

Bebe el ardor, hidrópica mi vida,
que ya, ceniza amante y macilenta,
cadáver del incendio hermoso, ostenta
su luz; en humo y noche fallecida.

La gente esquivo y me es horror el día;
dilato en largas voces negro llanto,
que a sordo mar mi ardiente pena envía.

A los suspiros di la voz del canto;
la confusión inunda l’alma mía;
mi corazón es reino del espanto.”


Por supuesto, Eric no estaba, en modo alguno, conmovido. Sin duda alguna era un hermoso poema, mas si nunca le fue emotivo el dolor ajeno, menos lo sería plasmado en un papel. Sin embargo, sabía cómo hacer de esa debilidad sensible una ventaja a su favor, y recurriendo a una comunicación indirecta pero tanto más íntima, escribió con pluma y tintero presentes una carta en la que, en un dulce ruego, pedía a su chiquilla una visita a la corte. Tan sólo una, a la noche siguiente. Tenía una convicción plena en su éxito, y asegurando la procedencia de la misiva, lacró esta con el grabado del anillo de su familia. La noche volvió a ampararlo, una vez saliera a las calles de Vo Mimbre y cabalgara al alcázar, esperando con impaciencia a una próxima luna que no se haría de esperar.




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MensajeTema: Re: Morirás dos veces [Privada]   Sáb Oct 23, 2010 8:34 pm

La joven Lieselotte permaneció en severas meditaciones el resto de la noche, que transcurría terriblemente rápido. Ya temía su predecible decisión, pero de algún modo, todas aquellas dudas y discusiones consigo misma apaciguaban sus remordimientos; pues ya los sentía, sabedora de lo que estaba a punto de cometer. La vela hacía tiempo que se había consumido, pero no le importaba. Se encontraba sentada en el borde del lecho, con tan sólo la luz de la luna para observar sus propias pálidas, muertas manos. Ella entera estaba muerta. Murió cuando el mundo la borró de su existencia, pero ¿Qué importaba eso? O al menos qué importaba ahora, que todo estaba perdido. Ella era un monstruo. Por amor a un monstruo en apariencia hermoso, ella se convirtió en un monstruo igual.

Un espejo de pie reposaba colgado de la pared, con una polvorienta sábana por encima cubriendo el reflejo. Lo había observado cientos de veces, siempre con temor reverencial, como aquel que mira una reliquia tan bella como peligrosa. No se había observado en un espejo desde hacía seis años, temerosa de encontrar la Bestia que llevaba dentro en su mirada. Temerosa de no hallar más que sombras en sus ojos, en su gesto; de ser el cadáver de su cuerpo humano. De ver, en suma, un alma en pena en lugar de la cándida humana que solía ser. Lo que ella no sabía era que, pese a todo, seguía siendo cándida. La sangre de los asesinatos no había mancillado su alma pura, que por otra parte y al contrario que el resto de sus congéneres, aún permanecía con ella como la misma noche en que Eric trató de arrebatársela. Sin embargo no lamentaba ser un deplorable ejemplo de su raza, puesto que ella no lo consideraba como tal, sino como una enfermedad.

Incorporándose de la cama, avanzó unos trémulos pasos hacia el espejo. Por unos momentos se convirtió en una suerte de umbral terrible y siniestro, a través del cual, si se reflejaba, su propia Bestia se lanzaría a por ella y cometería la misma masacre que su Sire aquella noche fatal. Vinieron a su mente las pobres almas que ella luego tomó, y los tormentosos versos que escribió poco después, abrumada por el remordimiento. ”El Demonio se agita sin cesar a mi lado, flota en torno a mí como un aire impalpable; lo respiro y siento que me quema los pulmones y los llena de un ansia sempiterna y culpable...” ¡Ah, desdicha! La dulce Lotte fue el blanco de un gran desastre. Un cruel desastre de la Fortuna que, como también hizo tocándola con el amor, la llevaría a su final.

La mano se detuvo frente a la sábana. No podía hacerlo; de lo que tenía frente a sí parecían salir los susurros de cientos de espíritus que la alertaban contra una visión terrible. Una sensación de angustia se abatió sobre ella cuando dejó caer la temblorosa extremidad, vencida por sus miedos. Era la misma derrota que cuando probó la sangre por primera vez; una rendición lánguida, moribunda, yacente sin esperanzas ya para el triste desconsuelo de su vida.

Sí, volvería a él, como ya sabía que lo haría. Tan sólo sería una victoria más de la crueldad sobre un ejemplo de aquellos demasiado débiles para hacerles frente.





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MensajeTema: Re: Morirás dos veces [Privada]   Sáb Nov 13, 2010 4:58 pm

Allí estaba. También llevaba una capa: La que él le regalara algunos años atrás, y cuyo color tan bien le sentaba. Era roja, pero aún más regia que su vestido, que era carmesí. No había venido a caballo sino andando, al parecer sin importarle la fina escarcha que le humedecía los zapatos, sin titiritar por un momento a pesar de la evidente desventaja de su raza ante el frío. Se sobresaltó ligeramente al sentirlo y al oírlo,y su gesto mudó a uno de tristeza y un cierto rencor. La verdad era que aún no sabía cómo proceder: Su confusión le hacía comportarse de manera a veces dudosa o contradictoria.

Tras unos segundos de vacilación, comenzó a caminar al interior del patio de armas. El vuelo borgoña del vestido hacía del relente del camino una especie de copa, bañada por el vino. Un trueno resonó en la distancia como reflejo de la tormenta que se avecinaba desde que hubiera amanecido. Cuando Lieselotte llegó a su altura, Eric hizo una reverencia, que fue contestada por ella brevemente. No quería decir la primera palabra; le correspondía a él romper el silencio de aquellos años de distancia y muerte. Sólo el viento susurraba a su alrededor, después de aquella manifestación del cielo, y el sonido de hojas secas arremolinándose en el suelo; pese a que fueran apenas unos segundos para ellos transcurrieron lentamente, como una reconciliación eterna aunque no del todo resuelta. Los sentimientos que el encuentro provocaba en ella ahogaban el tenue odio del rencor.

El vástago extendió la mano en una invitación, al tiempo que hacía una pequeña inclinación de cabeza.

- Un placer volver a teneros en la corte, lady von Veltheim – dijo cambiando al registro cortés –. Disfrutad como si fuera la primera vez.

La doncella tomó su mano. Era pequeña y fina en comparación con la de él, que sin embargo, era a su vez considerablemente más esbelta que la de cualquier humano e incluso algunos vampiros. Ambos les dieron sus respectivas capas a un lacayo al entrar, dejando que el calor de las teas les envolviera conforme avanzaban por los pasillos en dirección al salón de la corte, y más tarde, el de los comensales y la templanza que sus pieles desprendían. Las voces, los candiles; después de seis años de oscuridad, para la joven Lotte fue un pequeño renacimiento a la vida que dejó atrás. Y no porque ella quisiera, aunque fuera decisión suya.

Tal y como la primera vez, su recibimiento fue más curioso que amigable. Muchos no la recordaban, y otros tantos habían llegado después de que ella se fuera. Eran demasiado frívolos para la Hija de la Noche; demasiado distantes y superficiales como para apreciar que no era una de ellos, y que algo terrible escarchaba su mirada a pesar de la sonrisa educada de su rostro. No obstante, aquel no era el problema. La sangre moribunda latía en sus venas como un deseo ineludible, y las mujeres hacían demasiado ostento de sus hombros y cuello desnudos, al alcance de los exaltados sentidos de Lieselotte. Sus ojos eran muy oscuros, y tal vez por eso, el brillo rojizo que comenzaba a nacer en ellos era más evidente de lo que el pigmento de sus iris podía ocultar.

Semejante detalle no le pasó desapercibido al hermoso vástago que la acompañaba. La tersa piel de su congénere se volvía mortecina por momentos, y el brillo de su cabello languidecía con cada conversación. Con una excusa cualquiera hizo que lo tomase del brazo, y sin dudarlo más, la llevó a su alcoba, donde pordría saciar su tormento. Y no habría ancianos ni asesinos; por una vez, debería escuchar al primer imperativo de su Bestia.

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Eric

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MensajeTema: Re: Morirás dos veces [Privada]   Mar Nov 23, 2010 8:29 pm

Lieselotte se dejó conducir dócilmente hasta la alcoba de su anfitrión, algo más demacrada que una hora antes. Los aromas de los humanos se habían disipado en gran medida con aquel cambio de estancia, y sin embargo no esperaba de ningún modo lo que Eric pretendía hacer. Por otra parte, ella confiaba en que él la había alejado de la corte para calmar su angustia, de tal manera que cuando abrió la puerta y llamó la atención de uno de los guardas custodios del final del pasillo, se incorporó alarmada de donde estaba sentada, que era un sillón bordado. El vocativo de su nombre murió en los labios de la joven, escuchando la orden del príncipe. En cuestión de un minuto aparecería una de las doncellas de la reina, y no quería imaginar la necesidad que le inspiraría su instinto.

- No había necesidad de esto - dijo, volviéndose a sentar.

- ¿Hubieras preferido sucumbir frente a todo el salón, linda Lotte? - preguntó con una dulzura poco habitual en él -. No hubiera sido una perspectiva agradable ni, por supuesto, discreta.

La neófita ya sabía sobradamente que la cortesía, la caballerosidad, la ternura y el protocolo eran sólo una máscara en él. Y sin embargo esa máscara actuaba como una especie de velo en su conciencia, que intentaba hacerle olvidar la aberración que era por dentro. Su rostro bello era un medio más en la gran mentira de su vida: La representación en un teatro decadente, de vida palaciega, tan frívolo como él mismo y que ella no quería aceptar. De alguna manera eran como el día y la noche, y Lieselotte era continuamente arrastrada por la noche de él desde el Abrazo fatal. No sabía qué podía decir, porque además, el lado más oscuro de ella, por muy oculto que estuviera, aullaba por la llamada de la sangre y él placer; él era la representación del placer.

Al poco apareció por la puerta una figura joven, vestida como dama de compañía de alguna cortesana. No era especialmente voluptuosa, ni bella, ni alta; tanto mejor, pensaba Eric. Opondría menos resistencia al acto que cometerían en breves instantes, aunque lo más interesante de todo es que lo haría la chiquilla, en contra de todos sus ridículos principios, y no él. En cuanto la inocente humana se acercó a Lieselotte, viéndola demacrada, el vástago la tomó con rudeza de las muñecas con una mano, al tiempo que con la otra le tapaba la boca. Todo esto sucedió demasiado rápido como para que ella apenas se percatase, pues sólo fue cuando estuvo presa que su pulso se aceleró violentamente, y su pecho se vio repentinamente aprisionado en el corsé. El Hijo de la Noche se acercó tiernamente a su oído, y con esa misma ternura, susurró.

- Nos gustaría que os portárais bien, porque esta dama necesita de vuestra ayuda. ¿No la veis?

Lotte observaba con profunda congoja cómo los ojos de la víctima miraban en derredor, desorbitados, y empezaban a vidriarse por el efecto de las lágrimas. No le habrían pasado por alto las desapariciones de jóvenes en el pueblo e incluso en la corte, y tal vez con demasiada brusquedad, había comprendido a dónde iban a parar: El príncipe no era precisamente discreto, pero para cuando el tema comenzara a ser preocupante, ya estaría muy lejos de allí. Para colmo de males - y como debió haber supuesto que lo haría - Eric se complacía en la pequeña agonía de la mujer, y Lieselotte se levantó para ponerle fin.

- Ya basta - exhortó, casi en una súplica -. Déjala ir, yo me iré de aquí. Me condenaré una vez más, como pretendes, pero permite que sea yo quien elija.
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